Es pronunciar El exorcista y comenzar los escalofríos para más de un cincuentópico. Porque, en efecto, esta película de terror se convirtió en su momento en todo un fenómeno social.

El exorcista se estrenó en 1973. Su argumento es sobradamente conocido: el demonio se ha metido en una pre adolescente de doce años y se suceden los intentos (infructuosos) para quitárselo.

Dirigido por William Friedkin sobre un guion escrito por William Peter Blatty (autor de la novela del mismo título publicada apenas dos años antes), el film causó una enorme conmoción desde el primer momento, tanto entre el público como entre la crítica especializada.

Al margen de una cuidada campaña de marketing, que incluía supuestos hechos extraños acaecidos durante el rodaje, la dureza de las imágenes (al menos para lo habitual a comienzos de los años setenta) hizo que más de un espectador tuviera que salir apresuradamente de la sala, lo que contribuyó todavía más a suscitar la expectación.

El exorcista supuso la presentación de la actriz Linda Blair, cuya carrera posterior quedó aplastada por este primer papel. Fue acompañada por profesionales del prestigio y la solidez de Max von Sydow, Ellen Burstyn, Lee J. Cobb o Jason Miller, entre otros.

La película obtuvo ¡diez nominaciones a los Premios Óscar!, de los que finalmente obtuvo dos, así como numerosos galardones de toda índole que se combinaron con una excelente marcha en las taquillas de todo el mundo. Recordemos uno de sus momentos culminantes (en realidad el film está plagado de ellos) y avisamos que sigue dando un tanto de repelús.

El exorcista tuvo, además de un remontaje, varias secuelas (algunas con repartos verdaderamente espectaculares) e incluso una precuela aunque ninguna de ellas alcanzó los niveles de éxito de la cinta original. Sin duda, un filme que llegó muy hondo a la generación de cincuentópicos.

La serie que en el portal dedicamos a las películas cincuentópicas está formada por los siguientes filmes:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».