Pianista a Tiempo Parcial en Marruecos 1984, una nueva entrega de las andanzas de Pianista a Tiempo Parcial por Santiago Martínez Arias

Cada país es musical a su manera, como decía Tolstói de las familias desdichadas, y todavía no he encontrado un país en el que la música no dibuje el contorno de su idiosincrasia. Cualquier rincón de la tierra tiene su paisaje musical particular, y escucharlo nos trae las imágenes de aquel lugar, por remoto que sea. Desde los trazos de la canción en la cultura aborigen australiana hasta cualquier melodía en una isla del Atlántico Norte, (por decir las antípodas del anterior), en todo el mundo hay algo en común, los sonidos templados, aunque cada uno también a su manera.

Esta riqueza universal se manifestó para mí, en aquellos entrañables ochenta, durante un viaje al Sur, mi primer viaje a Marruecos. Celebrábamos un Paso del Ecuador universitario, rito iniciático sustituido hoy por el desarrollo del programa Erasmus y similares. Envidiable programa aventurero de intercambio estudiantil éste, aunque no lo eran menos aquellas otras aventuras universitarias. Marruecos es, además, cuna de una parte importante de la cultura española y por supuesto también raíz común de mucha de nuestra música.

Espectáculo de fusión flamenco-árabe en la Casa Árabe de Madrid

La magia de la música africana, clásica, folclórica o popular, es casi más impresionante que la europea, por no hablar de la asiática o la americana. El continente africano tiene tantos matices y variedades como sus hermanos continentales. Imaginándonos un vértice marroquí, la música magrebí se extiende por todo el norte mediterráneo hasta llegar al clásico Egipto, con Fairuz o Kalzum, y al bajar hacia el sur va modulando, con el Sahel como pentagrama virtual, hasta convertirse en música negra con tonalidades distintas, desde Costa de Marfil hasta Somalia donde se mezcla con la cultura de la India, para oscurecerse definitivamente a través del rainforest meridional, para llegar a la Montaña de la Mesa, como el Graceland de Paul Simon. Otros como Miriam Makeba, Salif Keita, Mory Kante y tantos más los fuimos descubriendo poco a poco.

La Graceland de Paul Simon

Tánger ciudad internacional

Esta música ha interesado en todas las épocas a muchos, muchísimos, músicos europeo-occidentales, no sólo musicólogos o etnomúsicos, sirviendo de inspiración para artistas de todos los estilos. Así lo descubrí en aquel primer viaje al país almohade o almorávide, tuareg o bereber. En los setenta, y parte de los ochenta, se instaló allí el Randy Weston, jazzeta y ‘patrimonio africano del piano’. Yo por mi parte en aquel viaje tuve oportunidad de conocerlo, ¿o no? Más bien lo segundo, aunque sí conocí a un Randy, pianista en Tánger por más señas.

Randy Weston

Mi primera noche africana fue en la ciudad más intrigante de toda África, ciudad de gobierno internacional durante largos años debido al Protocolo que lleva su nombre. Llegamos a Tánger a media tarde, y después de un desasosegante paseo guiado por uno de los siempre dispuestos personajes que rondaba la puerta de los hoteles y que se prestó a servirnos de guía, con dos jóvenes compañeras que no iban precisamente abrigadas, acabamos en la salida de un partido de fútbol. Íbamos contra la corriente humana, en dirección al Gran Zoco, y los centímetros cuadrados de piel desnuda de las compañeras universitarias a las que acompañábamos no facilitaban la tarea de pasar desapercibidos.

La buena voluntad de nuestro guía nos llevó de vuelta al hotel, al cabo de un tiempo que ya excedía con creces el pronosticado para dar el paseo vespertino. Sin embargo esa buena voluntad no coincidió con la nuestra, que en forma de escasa propina conjuró las peores palabras en árabe que jamás había escuchado hasta ese momento. Cierto es también que hasta ese momento nunca había escuchado juramentos en árabe de ninguna clase. Nos sentimos seguros en el refugio del hotel, con una sensación que más tarde vi reflejada en algunos de los viajeros a los que yo mismo acompañé en sus primeros viajes al Moro. Después de cenar nuestro primer menú, de muchos repetidos con Sopa Harira y Poulet au Citron, pasamos al bar del hotel donde estaba anunciada la actuación de Randy.

Randy en Marruecos

No sé si por los efluvios inspirados en aquel ‘Paseo por Tánger’ (título que llevaría uno de los temas de mi primer, y único, disco de jazz imaginado) o por la docena de cervezas de estraperlo que pudimos tomar en la clandestinidad de la habitación, pero creí estar escuchando al gran inspirador del mejor jazz para teclado con tintes africanos, interpretando su ambicioso The Spirits of Our Ancestors, blues impregnado de imaginativas melodías que trazan imaginativos espectros del origen de la música americana mezclada con la música árabe. No había sustancias psicotrópicas por medio, de eso se estaban encargando otros, sorprendentemente especializados, miembros de aquel heterogéneo grupo. Por ello me extrañó todavía más escuchar ‘Desafinado’, algo demasiado alejado del repertorio de Weston. No es que se hubiera desajustado el piano, es que el tema de Jobim no era el estilo del jazzman afroamericano.

Tánger

Me acerqué entre las mesas hasta donde se encontraba la caja de aquel piano y mientras sonreía al pianista, esperando que finalizara el tema, lo saludé alzando el vaso que llevaba en la mano. El episodio de las cervezas clandestinas había resultado otro espejismo, ya que pasada cierta hora nos habían permitido y hasta proporcionado un pelotazo en condiciones para poder continuar la velada en el bar del hotel. No era fácil el consumir alcohol en Marruecos, pero creo recordar también que Tánger, y un hotel de cuatro estrellas como en el que nos alojábamos, constituía una de aquellas excepciones a la ley seca impuesta por la costumbre. Cuando terminó el tema de Antonio Carlos, lo saludé y ¡oh sorpresa! Randy ¡hablaba español! Además, ¡no era negro! Ese tema me lo sé -le dije-, y el me contestó con una pregunta: ¿quiéres tocar tú? Me senté al piano y comencé con un tema que había leído y afortunadamente guardaba en mi memoria, ‘Take Five’, y Randy me siguió improvisando sobre el bajo amalgamado que yo iba repitiendo.

No, no era Randy Weston, ni los blues que tocó y que yo intenté acompañar, con mi impericia y escasa experiencia jazzística, era originarios. Sin embargo, la velada africana se fue prolongando y fuimos suscitando el interés de los escasos clientes que había a aquellas horas ya en el bar, amén del propio de los miembros de nuestro grupo. Pasamos por ‘All Blue’, ‘Garota de Ipanema’ y ‘Night in Tunisia’ entre otros, y acabamos con una extravagante y etílica versión de la ‘Marcha Turca’ de la sonata K. 331 de Mozart. Nos hicimos grandes amigos y nos emplazamos para tocar juntos de nuevo al regreso de nuestro universitario tour turístico por tierras marroquíes.

Garota de Ipanema LP

Después de visitar Fes, Meknés, Rabat, Casablanca (sin llegar a ver el también virtual Rick’s, más tarde recreado en los bajos de un hotel), Volúbilis y Chefchaouen, regresamos a mi ciudad favorita y al hotel donde mi amigo Randy tenía actuación, acompañado ahora de bajo y batería. Conformaba un trío de jazz metamorfoseado ahora en orquesta de baile para servir de columpio a los extranjeros que se hospedaban en el hotel. El repertorio cambió, pero la música no dejaba de tener un sesgo africano a la par que jazzístico, y aunque no era Weston puro, consiguió llenar mi alma en constante crecimiento artístico. Randy Korky, que así se hacía llamar artísticamente este pianista de hotel, me contó mil aventuras pasadas y me recomendó ir a vivir allí, que se ganaba bastante dinero, la vida resultaba muy asequible y el amor podía surgir en cada esquina. Imposible renunciar ante semejante oferta, aunque no para mí, imbuido de espíritu centroeuropeo musical.

Medersa en Meknes

Escritores, músicos y artistas de toda índole y disciplina se han enamorado de estas ciudades y de esta parte del Magreb. El más conocido quizás Paul Bowles, o Juan Goytisolo también. Ello me recuerda que una tarde tangerina de aquel año 84 tomamos un té en una terraza que, sobre unos riscos y acantilados africanos, mira al Estrecho de Gibraltar, desde su parte atlántica, y se puede contemplar la península, Europa en definitiva. Es una especie de antiguo fumadero de opio donde Goytisolo cuenta que se sentaba a escribir su ‘Reivindicación del conde don Julián’, y donde después de un día de playa nos sentamos a tomar el consabido té con menta, según lo preparen. Un documental en telvisión me lo confirmó y cuando un día pude telever a Goytisolo hablar desde aquella misma terraza dónde yo había estado y nunca conseguí regresar.

Juan Goytisolo en Marruecos

Años después, ese gran desconocido país que por entonces era Marruecos se convirtió en un punto de referencia inexcusable, ya que me enrolé en una suerte de trabajo, a tiempo parcial como podía ser menos, como guía turístico. Y aunque tuve que estudiarme el país, su historia y sus costumbres, ninguna visita posterior fue tan intensa artísticamente como aquella del día en que no conocí a Randy Weston.

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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