Me han cambiado el nombre, ahora Pianista a Tiempo Parcial, o el artista antes conocido como Pianista Frustrado. Mi editor va a enfurecerse y no le faltará razón. Ya se sabe que en el mundo editorial los cambios no son bienvenidos. Pero vayámonos ahora a una actividad lúdica, de copas por el Madrid de los ochenta y noventa y entremos en garitos musicales de todo pelaje.

Desde aquellos primeros años ochenta en que España comenzó su despegue modernizador de la mano de la política socialista, si bien con espíritu liberal que diría James Petras, los cafés y clubes con música en directo fueron adquiriendo cada vez más protagonismo en la vida cultural y sobre todo social. Eran una referencia obligada para cualquier alma atormentada persiguiendo enriquecer su espíritu. Ese despertar coincidía, en mi caso como Pianista a Tiempo Parcial necesariamente con la evolución de la propia biografía, con una fase de voracidad post adolescente todavía intelectualmente inmadura.

Locales de copas y música en los ochenta

Citaré de memoria (porque esto no es una tesis, ni siquiera un TFM (que de eso sabemos últimamente mucho gracias a la imprudencia, o la impudicia, de algunos políticos) los garitos que teníamos en Madrid. Locales para todos los estilos, gustos y tipos de música. Aunque obviaré los del tipo súper/pseudo discotecas, también muy de moda pero de los que nunca fui cliente asiduo, sí recordaré otros de diverso pelaje parroquiano: La Fídula, Salón del Prado, Segundo Jazz, El Cosaco, Libertad 8, La Aurora, Siroco, El Sol, Elígeme, Rock-ola, Oba-Oba, Café Central, El Despertar, Bóvedas, El Avión, el Colón, Clamores, Galileo-Galilei, La Vía Láctea, Whisky Jazz, Candomblé, La Soleá o el incipiente Casa Patas reconvertido hoy en tablao.

Estoy mezclando demasiadas cosas, demasiados estilos, demasiadas épocas y demasiada gente, y como la cultura va por barrios, también demasiado ‘geografismo’. En esta retahíla puedo incluso reconocer algunos garitos que sobreviven después de tantos años, muchos de ellos con cambios de propiedad o de dirección. Pero en aquellos años ochenta Madrid despegaba trepidante en la industria hostelero-musical y aunque tenía estilo propio quería imitar las grandes referencias de los clubes internacionales, del Blue Note y Birdland en Nueva York a L’Etoile en París.

No conocí ninguno de estos, pero puedo dar otras referencias de una ciudad de ambiente cultural nocturno tan ignorado como brillante: Viena. Con el Broadway a la cabeza y su inefable dueño Bela el húngaro que aprendió a tocar el piano en los restaurantes para turistas de Budapest, según él contaba, y cuando se equivocaba su padre giraba el arco del violín y le propinaba un doloroso golpe con la vara en las manos mientras tocaban czardas y rapsodias para el escaso turismo tamizado por la Guerra Fría. De ahí podemos pasar también a otra retahíla ochentera vienesa –final de década- con el Opus One, Roter Engel, Satchmo o el Titanic, para terminar a primera hora de la mañana en el Drechsler Café.

Clubes de jazz en Madrid

Vuelvo al Madrid de los primeros ochenta, de recuerdos universitarios, luchando contra los gigantes de la música en la Plaza de Isabel II. El jazz me atraía sobremanera aunque me resultara imposible. Entre los discos que mi padre iba acumulando, y que sólo tenía tiempo para escuchar los domingos por la mañana, la colección de jazz ocupaba un lugar especial. Del Art Ensemble of Chicago a Randy Weston, yo hacía una inmersión en aquellas carátulas de discos en blanco y negro iluminadas por los tímidos rayos que lograban entrar por la ventana del salón desde el patio de manzana de mi casa paterna. Era uno de mis paisajes musicales de la infancia, y cuando crecí buscaba ese sonido, el directo de club de jazz, de jam sesión y de reunión de músicos después del cierre, con restos de tabaco y alcohol atrapado en las paredes y las mesas.

Aunque era el final de los años dorados del jazz, había algunos locales en Madrid dedicados a tan singular género. Whisky Jazz, en Diego de León, fue mi primera incursión como público, enfrentándome al problema dinerario: con poco más de 18 años y estudiante no me podía permitir alternar con frecuencia dicho local, ni ningún otro, una cerveza ¡quinientas pesetas! La actuación que vi, afortunadamente incluida en el precio de la bebida o viceversa, no fue excesivamente brillante, y es que cuando vas buscando a los Oscar Peterson, Miles Davies, Dizzy Gillespie o West Montgomery de los discos, cualquier cosa podía parecer poco inspirada, incluso el genial Montoliú consagrado o la Donna Hightower que triunfaba en España ya en los setenta.

Luego fui frecuentando e incluso inaugurando, siempre como espectador, muchos de ellos. Segundo Jazz, en la calle Comandante Zorita, donde era casi perenne la actuación del brasileño Jayme Marques y su bossa nova “Hasta las tres de la mañana”, y otros que se convirtieron con el paso del tiempo en auténticos templos del jazz nacional: Clamores, Galileo Galilei, Populart, Bogui Jazz y Café Central.

Los noventa y el circuito B de jazz en Madrid

En los años noventa, tras mis veleidades periodístico-musicales volví a esa geografía del jazz de Madrid, y aun la experimenté en carne propia. Una pequeña banda con varios nombres y varias configuraciones tuvo la suerte de contar con mi participación, siempre como pianista y director musical aunque el resto no lo supiera, paseando estándares por algunas de las salas más curiosas que algunos consideraban de segundo orden y a las que ARE Ensemble pusimos en valor.

Para los seguidores de Cincuentopía interesados en ver en acción a Pianista a Tiempo Parcial, he aquí una actuación en El Despertar.

En El Café del Cosaco, disfrutamos de gran éxito de público, no así de una crítica que nunca apareció por el local. También actuamos en el no menos preferido El Despertar, gran local con genial dueño. Tengo que decir que no eran menos grandes los dueños o gestores del Cosaco. Siempre nos negamos a actuar en los otros clubes, el circuito B nos acogió y en él nos quedamos, los famosos Populart o Café Berlín, pero todo ello coincidió con nuestra retirada al lado oscuro, y eso es harina de otro costal y de otros años que van alejándose a ritmo infernal.

Cafés con música clásica y actuación en directo

Parecía lo fácil, un circuito en el que se compite por la parroquia y la buena música y en el que hay una experiencia previa. Sin embargo donde más falta hacía esa inversión privada era en la música clásica. Los clubes de jazz eran muy famosos, pero los de música clásica ya no tanto. Es una desgracia que en nuestro país la música clásica dependa siempre del erario público.

En aquel tiempo también abrieron locales, cafés o clubes, donde la atracción principal era la música clásica, en formato música de cámara por supuesto. Los que éramos aspirantes a músico en los ochenta no teníamos apenas lugares para mostrar nuestras habilidades. Escasos conciertos programados en escasos conservatorios, escasos auditorios y ciclos de música donde participar, de forma que allí íbamos, a tocar en un bar, de cabeza. Y competíamos también, no crean. Contaba por supuesto la iniciativa de algunas personas que se dedicaban a la representación artística, como era el caso de Ricardo, y sin llevarse ni un duro, doy fe.

No sé si por casualidad, o por el comentario de algún compañero, llegué a obtener el teléfono de Ricardo, el representante que llevaba a los músicos a los dos lugares emblemáticos por aquel entonces de las actuaciones en locales de música clásica: La Fídula y El Salón del Prado, y entramos en el circuito. He de decir que como buen pianista a tiempo parcial, desde el principio no entré como solista sino como pianista acompañante.

De esta forma, como dúo de flauta y piano acompañando a una gran solista del viento-madera, Marisa Calvo, entré en el ‘hall of fame’. Formamos un dúo en su último año de carrera y las obras no eran sencillas: como reza el anuncio periodístico «música de Haendel, Vivaldi y Debussy», Sonata de Bach, Andante Cantabile y Presto de Enescu, Sonata de Poulenc u otras más sencillas como una obra moderna de Ángel Oliver Pina.

La Fídula en la calle Huertas sobrevive, más como reserva natural para cantautores que como local de música clásica y El Salón del Prado desapareció definitivamente para dejar paso a diversos negocios que fueron rotando en un local que en su momento parecía un auténtico café centroeuropeo dedicado al arte. No se ganaba mucho dinero, pero se ganaba experiencia frente al público, las tablas que se dice, y sobre todo reconocimiento. Como muestra bien vale un botón: una actuación en La Fídula.

No somos nadie

Los cambios de todo tipo han hecho casi imposible la supervivencia de estos locales o, mejor dicho, la música en directo. Peor aún, los músicos ya no suelen gustar de encontrarse en aquestos pagos. Precisamente por eso, por el pago. Para qué vas a estar estudiando todos los días para hacer dos pases en cualquier garito, salir con 20-30 euros en el bolsillo y, encima, sereno. Antes por lo menos las copas estaban pagadas y te bebías todo lo que no se podían permitir tus amigos, los que iban a verte, aunque sólo fuera por salud. Cierto es que ahora existen muchos más eventos donde los músicos demuestran sus habilidades, pero tampoco el salario ha variado mucho… Siempre nos quedará Youtube…

Forman parte de la serie sobre Pianista Frustrado (a partir de ahora también Pianista a Tiempo Parcial) las siguientes entradas:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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