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El subgénero memorialista tiene poco desarrollo en España, a diferencia de lo que ocurre en países europeos como Francia o Reino Unido. Recuerdos de un anciano, escrito por Antonio Alcalá Galiano hace un siglo y medio, es uno de los mejores ejemplos de este tipo de literatura, particularmente apreciable cuando además de contar lo ocurrido con una mínima veracidad lo hace con un estilo correcto y ameno, como es el caso.

¿Por qué se produce esta situación? ¿Poseen los políticos españoles peor memoria, tienen menos cosas de interés que contar o, simplemente, no saben escribir? Dejo la cuestión en el aire e incluso la posibilidad de que la respuesta final sea otra (una combinación de las anteriores circunstancias, por ejemplo). Por eso es de agradecer el esfuerzo realizado por el autor para dar forma a este texto.

Antonio Alcalá Galiano (1789-1865) es una figura clave para comprender el devenir histórico de España durante los dos primeros tercios del siglo XIX. Hijo de una de las glorias de la Marina española, bien pronto mostró una indudable inclinación hacia la cosa política. Excelente orador y agudo prosista, tuvo que escapar en dos ocasiones del país para evitar males mayores: la primera de ellas fue en 1823 (estuvo nueve años en el exilio), como consecuencia de la reposición de la monarquía absoluta (para más inri había sido el diputado que animó a las Cortes a declarar a Fernando VII como incapaz); y la segunda en 1836 tras la caída del gobierno presidido por Javier Istúriz del que formaba parte en calidad de ministro de Marina (en este caso el ostracismo sólo duró unos cuantos meses).

Recuerdos de un anciano se publicó por vez primera, a título póstumo, en 1878. La obra se centra en el periodo comprendido entre 1805 (con motivo de la batalla de Trafalgar en la que fallece el padre del autor) y 1832 (fecha de retorno del primero de sus exilios). Creo que a lo largo de esas casi tres décadas descritas podemos distinguir tres etapas diferenciadas.

Antonio Alcalá Galiano alude en los primeros capítulos a sucesos como el desarrollo de la ya referida batalla de Trafalgar y las consecuencias personales y políticas que tuvo dicho acontecimiento, la invasión napoleónica y posterior guerra de la independencia y el funcionamiento de las Cortes de Cádiz hasta la aprobación de la Constitución de 1812. La lectura de estos capítulos iniciales transmite la inequívoca sensación de encontrarnos en un contexto en el que lo prosaico manda sobre lo heroico, la improvisación adquiere mayor relevancia que la premeditación y las incontables intrigas de los aliados políticos ocasionan mayor deterioro que la acción del enemigo militar. Es difícil sustraerse a la impresión de que la suerte del constitucionalismo español estaba echada mucho antes del retorno al absolutismo de 1814.

A mi juicio es la segunda parte del libro lo más interesante de Recuerdos de un anciano. Antonio Alcalá Galiano muestra una extraordinaria lucidez a la hora de introducirnos en el caldo de cultivo que condujo al trienio liberal (1820-1823) y del que él formó parte activa en todo momento. El escritor nos sumerge en el interminable e infructuoso enfrentamiento entre moderados y exaltados y en las distintas vicisitudes de la más variada índole que se viven en las diferentes sociedades patrióticas; se hace eco de las gestiones políticas que hacen unos y otros y en las que priman más la defensa de los intereses particulares que la defensa de los valores constitucionales; y, en suma, muestra con una crudeza que excede la aparente amabilidad de su prosa una estampa propia de un país de pandereta más que de una nación con ínfulas de modernidad.

Más amarga es todavía la parte final de Recuerdos de un anciano, centrada en el masivo exilio a Gran Bretaña en un primer momento y a Francia a partir de 1830 (tras la entronización de Luis Felipe de Orleans). Antonio Alcalá Galiano nos presenta a un grupo de opositores incompetentes y de conspiradores en permanente división, a un ramillete de políticos que no son capaces de pensar en el medio (ya no digamos en el largo) plazo, a seres humanos tan entristecidos como  desarraigados y más ocupados en la lucha por la cotidiana subsistencia que por ideales liberales… De nuevo tenemos una sensación similar a la descrita con anterioridad: con mimbres como esos el orden constitucional español jamás tendría unos mínimos niveles de consistencia ni continuidad en el tiempo.

La atenta lectura de las páginas de Recuerdos de un anciano ofrece algunas pistas sobre la evolución del pensamiento de Antonio Alcalá Galiano. Que en su juventud fue un liberal radical, hondamente influido por las ideas de Montesquieu, no puede ser puesto en duda por nadie que conozca mínimamente la historia de España; como también parece evidente que su estancia de siete años en terreno británico le inclinó hacia el liberalismo moderado de Burke, tal y como demostró de manera fehaciente su ulterior trayectoria política (no incluida ya en este libro).

En definitiva, Recuerdos de un anciano es una obra sumamente recomendable para quienes quieran comprender mejor buena parte del siglo XIX en España (en realidad también serviría para explicar lo que acaeció a lo largo del XX), con todas las cautelas inherentes a una obra de estas características; y también será de utilidad para quienes, simplemente, deseen conocer el pensamiento de una de las figuras más interesantes producidas por España en estos últimos doscientos años.

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Antonio Alcalá Galiano. Recuerdos de un anciano. Crítica.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.

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