La sección Reivindicando talentos de Cincuentopía pretende sacar del injusto olvido a grandes artistas. Hoy es el turno de la escritora Carmen Kurtz.

Carmen de Rafael y Marés o, simplemente, Carmen Kurtz (1911-1999) supuso para unos cuantos cincuentópicos una de las maneras de acceder a la literatura entendida como fuente de evasión y deleite. De educación cosmopolita (estudió en Gran Bretaña y vivió casi diez años en Francia), en 1944 se instaló en Barcelona junto a su marido Pedro Kurtz, quien había pasado dos años en un campo de concentración nazi.

En estos primeros años de casada Carmen Kurtz escribe algunas novelas que recibieron una variada acogida por parte de público y crítica, quizá ni en un caso ni en otro preparados para comprender el mundo creativo de la artista. De esa época son novelas como Duermen bajo las aguas, por la que obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona, La vieja ley o El desconocido, gracias a la que se alzó con el Premio Planeta.

Carmen Kurtz enviuda en 1962 y da un giro drástico a su obra al centrar una parte apreciable de sus esfuerzos en la literatura infantil y juvenil, con su celebérrimo personaje Óscar a la cabeza. Tal hecho la proporciona un éxito de público que hasta entonces no había logrado aunque, al mismo tiempo, quizá influyó en una absurda minusvaloración del resto de sus textos, incluyendo tanto libros de relatos (El último camino y Siete tiempos) como novelas (El becerro de oro, Las algas, Entre dos oscuridades, Al otro lado del mar, El viaje, El regreso…).

Hay que leer a Carmen Kurtz, reivindicamos su prosa cuidada, reivindicamos su riqueza de planteamientos, reivindicamos su universo creativo, en suma, reivindicamos su talento. He aquí el hermoso obituario que le dedicó hace ya más de veinte años Valentí Puig en El País.

Forman parte de esta sección Reivindicando talentos las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».