La Fundación Mapfre de Madrid acoge una exposición dedicada a los escultores Rodin y Giacometti hasta el día 23 de agosto.

La muestra de la Fundación Mapfre contrapone las figuras de Rodin y Giacometti, dos artistas de reconocido prestigio que a pesar de encontrarse separados por más de una generación, tuvieron unas trayectorias creativas que ofrecen paralelismos (al tiempo que disparidades).

A través de cerca de doscientas obras, la exposición enseña cómo ambos creadores hallaron, en sus respectivas épocas, modos de aproximarse a la figura que reflejaban una visión nueva, personal pero engarzada en su tiempo: en Auguste Rodin (1840-1917) el del mundo anterior a la Gran Guerra; en Alberto Giacometti (1901-1966), el de entreguerras y el inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de algunos aspectos puramente formales que comparten ambos artistas (el uso de la materia y la acentuación del modelado, la preocupación por el pedestal y el gusto por el fragmento o la deformación), el diálogo que se establece entre ellos es particularmente significativo. Rodin es uno de los primeros escultores considerado moderno por su capacidad para reflejar (primero a través de la expresividad del rostro y el gesto, con el paso de los años centrándose en lo esencial) conceptos universales como angustia, dolor, inquietud, miedo o ira; también es este uno de los rasgos fundamentales de la obra de Giacometti: sus obras posteriores a la guerra (esas figuras alargadas y frágiles, inmóviles, a las que Jean Genet denominaba “los guardianes de los muertos”) expresan toda la complejidad de la existencia humana despojándose de lo accesorio.

Comisariada por Catherine Chevillot, Catherine Grenier y Hugo Daniel, el evento ha sido posible gracias a la generosidad del Musée Rodin (París) y La Fondation Giacometti (París).

Otras entradas sobre exposiciones llevadas a cabo en la Fundación Mapfre de Madrid son:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».