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Está presente la ciudad de San Sebastián en el Museo Carmen Thyssen a través de dos cuadros de los insignes pintores españoles, Joaquín Sorolla y Darío de Regoyos, aunque retratada de manera bien distinta. Se trata de La Concha, Nocturno de Darío de Regoyos y de Rompeolas de San Sebastián, de Joaquín Sorolla. Un asturiano que era considerado un pintor vasco y un valenciano subyugado por la bruma del Cantábrico.

Dos impresionistas, de muy distinto reconocimiento social y de la crítica.

San Sebastián en el Museo Carmen Thyssen

La Concha, Nocturno de Darío de Regoyos. (Ribadesella, Asturias, 1857–Barcelona, 1913) . Del pintor asturiano se decía que era vasco por vocación. Considerado como uno de los impresionistas españoles, no gozó del apoyo de la crítica academicista. Como por desgracia es habitual, una vez fallecido, se le dedicó una exposición-homenaje en la Biblioteca Nacional. Su estilo se fue cimentando con las influencias que recibió en sus distintos viajes y las distintas relaciones que mantuvo con los pintores de la época. Finalmente, encontró en el  País Vasco el entorno adecuado para poner en práctica su ideario de luz y color.

Comenzó sus estudios en Madrid, donde fue alumno del célebre paisajista Carlos de Haes. La estancia de amigo en Bruselas, Enrique Fernández  Arbós, estudiante de música, le animó a trasladarse a la ciudad para proseguir estudios con Joseph Quinaux. Allí formó parte de los grupos europeos de vanguardia L’Essor  y Les XX. Debido a sus frecuentes viajes por España, Bélgica, Holanda, Francia e Italia,  se mantuvo al tanto de los movimientos pictóricos de vanguardia, siendo influenciado por James EnsorCamille PissarroGeorges Seurat, Paul Signac, Van Rysselberghe, James McNeill Whistler, entre otros. Junto a  su amigo el poeta Émile Verhaeren recorrió España, experiencia que daría origen al libro España negra (1899) y que dio lugar a una serie de obras más simbolistas en las que mostró el lado más sombrío de la tradición española, visión que le hizo próxima a la Generación del 98.  Con posterioridad, comenzó a aplicar la técnica puntillista. Más tarde, desafiando a la crítica, fue de los pocos pintores españoles que abrazaron el impresionismo. Investigador de los efectos de la luz, trabajaba del natural y sin bocetos previos, por lo que en su obra abundan los formatos pequeños y medianos, más fáciles de transportar.

Mantuvo, además, una estrecha relación artística y familiar con el País Vasco a lo largo de toda su vida. Primero, acompañando a su madre en sus estancias veraniegas en Guipúzcoa y a partir de 1895, fecha de su boda con la aristócrata bilbaína de origen francés Marie Anne Madeleine Henriette de Montguyon y Vingart  y posterior nacimiento de sus numerosos hijos, residió en Guipuzcoa la mayor parte del tiempo, aunque en 1905 se trasladó a Durango y más tarde a Las Arenas. En el País Vasco empezó a conocer el éxito comercial y además, emprendió la tarea de modernizar la pintura vasca en el cambio de siglo, junto con Adolfo Guiard, Manuel Losada e Ignacio Zuloaga. En 1911 se crearía la Asociación de Artistas Vascos. En 1900 participó en la creación de la Sociedad de Arte Modernista y durante años participó en las sucesivas exposiciones que organizó en las Escuelas Albia de la calle Berastegi Su vida y su actividad artística discurrían entre distintas localidades quipuzcoanas y Bilbao. A partir de 1908 las sucesivas exposiciones que le dedicó la Sala Delclaux sita en Las Arenas lo que motivó su traslado. En 1912 un elogioso artículo  dedicado por una revista cultural, la catalana Museum, le decidió  a trasladarse con su familia a Barcelona.

El nocturno de la Concha de San Sebastián que alberga el Museo Carmen Thyssen es uno de los distintos nocturnos que pintó, tanto de interior o de paisaje. Este lienzo corresponde a su período impresionista más maduro –más tarde, se acercaría al expresionismo- y fue realizado durante el periodo que residió en la ciudad, entre 1905 y 1906. No se trata de una imagen realista sino que el cuadro refleja una noche de bonanza  en la que un grupo de personas divididos en parejas están sentados de espaldas al mar en calma amparado por las siluetas del monte Igueldo y de la isla Santa Clara y con la única presencia de un barco.

El equilibrio cromático  conseguido mediante la combinación de la luz que emana  del verde árbol con la gama de azules, malvas y ocre junto a la composición del cuadro centrada en la pareja que recibe de forma más directa la luz, entre las tres ubicadas equdistantes, de manera jerárquica y en línea oblícua a las sombras generadas por los árboles detrás de la escena. El alejamiento de la isla de Santa Clara y Monte Igueldo equilibra a los protagonistas del cuadro con la naturaleza.

Y de la noche al día.

San Sebastián en el Museo Carmen Thyssen

Joaquín Sorolla. Rompeolas de San Sebastián. Aunque Sorolla es conocido como el pintor de la luz del Mediterráneo por excelencia, el pintor retrató con maestría los colores matizados por la bruma del Cantábrico.

A principios del siglo XX el pintor ya era una figura apreciada en París. Por ese motivo, comenzó a frecuentar Biarritz con la esperanza de conseguir encargos por parte de la gente acomodada que veraneaba en la zona.  Hasta 1910 las estancias en San Sebastián fueron muy breves, de paso, siendo la obra que pintó de pequeño formato.

A partir de 1910 las estancias del pintor junto a su familia se prolongaban todo el verano. Y salvo alguna excepción, fueron verdaderamente prolíficas.

De su estancia en Zarauz destacan grandes cuadros de playa así como escenas de tabernas. Bajo el toldo, Zarauz (Missouri, Saint Louis Art Museum), Bajo el toldo, playa de Zarauz (Madrid, Museo Sorolla, inv. 887), En la arena, playa de Zarauz (Madrid, Museo Sorolla, inv. 888), María en Zarauz (Madrid, colección particular), El borracho, Zarauz (Madrid, colección particular), Asando sardinas, Zarauz (Madrid, colección particular) y Bebedor de sidra (Madrid, colección particular).

Villa María Cristina en la carretera de Ayete, en San Sebastián, fue su residencia en 1911 tras el triunfo de la segunda exposición itinerante patrocinada por la Hispanic Society of America. Maizales en Ayete y al fondo San Sebastián, es el único cuadro datado en ese verano.

Del verano de 1912 es su célebre cuadro La siesta (Madrid, Museo Sorolla, inv. 985), pintado junto con algunos estudios de paisajes, en la finca Aizetsua de su amigo el doctor Juan Madinaveitia –que trató a una de sus hijas de tuberculosis-, desde la que se divisaba el monte Igueldo y el puerto de Donostia. También dedicó su tiempo a grandes estudios de tipos populares guipuzcoanos y de Ansó, El Roncal y Lequeitio.

En el verano de 1914 realiza el panel dedicado a Guipúzcoa, Los bolos (Nueva York, Hispanic Society of America). También trabajará de nuevo en el valle de Ansó donde pinta los paneles de La jota (Nueva York, Hispanic Society of America), dedicado a Aragón, y El Concejo del Roncal (Nueva York, Hispanic Society of America), dedicado a Navarra. Y allí, en Jaca, en septiembre se casa su hija María.

Durante los veranos de 1917 y 1918 una vez liberado del titánico encargo de la Hispanic Society of America, volverá a disfrutar del verano en Villa Sorolla, en la carretera del faro, en la fachada del monte Igueldo. De esta estancia surgen apuntes y cuadros de medio formato con paisajes de los alrededores de San Sebastián y de su rompeolas. En opinión de Edmund Peel, a Sorolla le intimidaba hacer los montajes que exigían las grandes obras en una playa tan de moda y concurrida por gente elegante.

Sorolla pintó diecisiete cuadros del rompeolas de San Sebastián y de vistas desde el rompeolas con el monte Ulía al fondo. “Es una serie de obras de gran soltura, pintadas con prontitud, y en las que plasma con prodigiosa veracidad las diferentes luces, tan distintas a las de su Mediterráneo, pero que le permiten reflejar los colores con una serie de matices que difícilmente los encuentra en el levante español. También captan los distintos estados del mar.”

En la obra Rompeolas de San Sebastián, la naturaleza, el mar y el monte Ulía, es la auténtica protagonista de la obra. Las figuras que contemplan el mar, empequeñecidas ante el espectáculo de la naturaleza, se adivinan extasiadas ante el mar, inquieto que refleja el monte, que parece que lo tutela, a a luz brumosa de un día típico de San Sebastián.

 

Cincuentopía

 

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

 

 

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