Las series del oeste (de Estados Unidos) ejercieron en la niñez de los cincuentópicos una poderosa influencia y una enorme fascinación. Ver a tan tierna edad imágenes de vaqueros, indios, pistoleros, ganaderos, tiroteos, flechazos, saloons, whisky va y whisky viene, ataúdes, calabozos, montañas, praderas, llanuras, caballos, revólveres, cadáveres… moldeó una determinada manera de ser (que subyace en forma más o menos profunda).

Vamos con un breve repaso a algunas de las series míticas del oeste. Apretémonos las cinchas y comencemos a cabalgar.

Bonanza. El patriarcado Cartwright, donde sólo aparecían protagonistas masculinos (las mujeres solían acabar el capítulo de cuerpo presente) que vivían en «La Ponderosa», una gigantesca finca.

Jim West (The Wild Wild West). Dos agentes del servicio secreto que van en un ferrocarril y afrontan las situaciones más peregrinas: uno (Jim West) es el guapo, atlético y ligón; el otro (Artemus Gordon) hace lo que puede, que suele ser muy poco.

El hombre del rifle (The Rifleman). Testosterona y tiroteos en estado puro. Chuck Connors más Chuck Connors que nunca. Y encima era viudo, lo que faltaba para irritarle todavía más.

El virginiano (The Virginian). Nunca supimos su verdadero nombre, sólo su mote; y tampoco el de su compañero, el inolvidable «Trampas». Este último falleció antes de cumplir los 60 años pero le dio tiempo para casarse cinco veces.

Daniel Boone. Su protagonista, un hombre blanco, trataba de igual a igual a los indios y a los negros, siempre en busca del buen rollo. Hasta que alguien se desmandaba y entonces había que tirar de recursos pirotécnicos o de hacha.

La Casa de la Pradera (Little House on the Prairie). Michael Landon, al frente de los Ingalls, fue un claro predecesor de Ikea: él cogía la madera y se hacía lo que hiciera falta. Y siempre con una sonrisa en la boca pese a sus desgracias familiares.

Y tú, ¿echas alguna serie en falta?