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Todo lo que hay vuelve a recordarnos el gran escritor que es James Salter (1925). Nos encontramos ante un libro magnífico en todos sus aspectos, un texto que pone un colofón de oro (o ¿habrá novedades en este sentido?) a una excelente trayectoria literaria que no siempre fue suficientemente reconocida ni siquiera en su propio país.

Hace algunos meses me refería a otra de sus obras, Años luz, que tardó más de tres décadas en ser traducida al español; por el contrario, el original de Todo lo que hay vio la luz en 2013 (The Paris Review publicó en su número 203 correspondiente a Invierno de 2012 el relato Virginia donde aparecen algunos contenidos posteriormente incorporados a la novela) y apenas unos meses después ya está disponible para los lectores castellano-parlantes, lo que dice bastante sobre la consolidación comercial del escritor.

James Salter tiene casi noventa años, una edad a la que la estadística nos dice que no es nada fácil llegar y, mucho menos, hacerlo con la imprescindible combinación de suficiente grado de lucidez y motivación para escribir. Él lo ha hecho y ¡de qué manera!

Todo lo que hay abarca alrededor de cuarenta años en la existencia de Philip Bowman, héroe de la Segunda Guerra Mundial, editor de moderado éxito, amante transoceánico y espíritu inquieto en busca de un afianzamiento vital que nunca termina de llegar. A partir de una serie de hechos que no dejan de ser una concatenación de anécdotas Salter nos sumerge en una novela tremenda (muy posiblemente porque la vida es también tremenda).

Como es habitual en el autor, utiliza el estilo omnisciente para presentar una amplia galería de personajes magníficamente trazados (algunos de ellos dejan un recuerdo imborrable en el lector aunque su aparición se limite a apenas una página del libro). Su proverbial laconismo como recurso literario, su capacidad para gestionar las elipsis en todo tiempo y circunstancia y su habitual elegancia en la formulación de las frases alcanzan en esta obra la máxima expresión.

Hay quien achaca a James Salter una notoria incapacidad para la fabulación, el hecho de que se limite a contarnos una y otra vez su propia historia vital en la misma línea de autores coetáneos como Philip Roth o J.M. Coetzee. Desde luego sobre gustos no hay nada escrito pero no estoy en absoluto de acuerdo con dicha afirmación: su perspicacia alcanza tales dimensiones que sobrepasa los tradicionales límites de la imaginación inherentes a determinada clase de producción novelística.

Todo lo que hay es una obra que sacude las entrañas del lector porque nos enfrenta a situaciones familiares para el común de los mortales: quién no se ha sentido fuera de lugar durante una fiesta; quién no ha contemplado con infinita tristeza la decadencia de un ser querido; quién no ha sido testigo del deambular de personas que aparecían y desaparecían súbitamente de su vida; quién no ha asistido a una reunión familiar en la que han salido a relucir todos los demonios escondidos durante décadas; quién no ha fantaseado con abandonar lo que tiene y comenzar una nueva existencia; quién, en definitiva, no se ha sentido en alguna ocasión derrotado por la vida.

La combinación de eros y tánatos (¿puede existir un binomio más genuinamente literario?) planea en buena parte de la obra y es gestionada de forma excelsa por las expertas manos de James Salter. Magníficas son las descripciones de las peripecias sentimentales del protagonista, sus ascensos y caídas, sus dimes y diretes. Como él mismo escribe, «Aquello era amor, el horno al que se arrojan todas las cosas». Y no menos conmovedoras son las referencias a personajes que en su día tuvieron un papel destacado en la vida de Philip Bowman pero que ya no están en este mundo y es que «La vejez no llega poco a poco, irrumpe como una avalancha. Una mañana no hay nada nuevo, a la semana siguiente toda ha cambiado».

Todo lo que hay es también un libro de una tensión tan extrema que en determinadas ocasiones da la sensación de que puede llegar a estallar en la cara del lector. Quizá por ello sería recomendable su lectura en pequeñas dosis, como esos vinos de sabor intenso pero tan cargados de taninos que sabemos que nos pueden ocasionar un formidable dolor de cabeza a poco que no sepamos contenernos. Aunque, claro está, una cosa es decirlo y otra la capacidad de embridar nuestra glotonería (la culinaria y la literaria).

No sabemos si ésta será la última obra de Salter. Pero, en lo que concierne a lengua castellana, todavía nos queda mucho por descubrir de él. Es posible que ante el considerable reconocimiento de crítica y público Salamandra presente de manera gradual nuevos títulos del autor (que se sumarían a Años luz, Todo lo que hay, Juego y distracción, Quemar los días o La última noche) tal y como ha hecho en estos últimos años con escritores tan notables como Sandor Marai o Irene Nemirosky.

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James Salter. Todo lo que hay. Salamandra. Barcelona, 2014.

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