El análisis del tenor Peter Pears, la voz del compositor Benjamin Britten, conforma la segunda parte de la Trilogía de Cambridge de Pianista a Tiempo Parcial.

Cuando una obra de arte nos subyuga, lo que más nos puede condicionar es la proximidad al autor. Proximidad geográfica, afectiva, intelectual, identitaria… es de mi barrio, hicimos la mili en el mismo cuartel, es de mi colegio, es de mi pueblo, es de mi corriente de pensamiento… cualquier proximidad sirve.

Eso me ocurrió en Inglaterra, adonde llegué purcelliano y salí britteniano convencido, al conocer de cerca la vida y los paisajes físicos y sentimentales de Benjamin Britten. Por aquel entonces lo conocía poco: Guía de Orquesta para Jóvenes, Simple Symphony y poco más. Pero en un pequeño pueblo cerca de Londres tuve la oportunidad de escuchar Las Iluminaciones, con textos de Rimbaud, y de repente apareció un mundo gigante, profundo, multidimensional, increíblemente intenso y antes ignorado que culminaría más tarde con mi asistencia a una conferencia del que fuera su tenor favorito (además de pareja), Peter Pears, y para quién escribió el papel central de la misteriosa ópera Peter Grimes.

Vida musical en Cambridgeshire

Corría el otoño de 1985, la cita fue en “The Copper Kettle”, en el corazón de King’s Parade, con Nick Toller, pianista y director que, además, me proporcionaría el contacto de una mujer cantabrigense, una agradable señora mayor de apariencia desaliñada, alrededor de la cual giraban personas y personajes de la música clásica. Irene Sellomb era su nombre. Mujer de pelo canoso, no muy alta y ligeramente encorvada por una incipiente cifosis, con una vestimenta corriente y tocada con un sombrero bastante común entre las mujeres de aquel pueblo.

Peter Grimes en Aldeburgh Beach

Habíamos acordado vernos allí, frente a una taza de té, para hablar de música. Miss Sellomb era el pivote del microcosmos de la música clásica inglesa del Condado, y aun del país y más allá, me dijo Nick. Pedimos el brebaje, un té sencillo que aparte del absurdo precio me resultaba imposible saborear, aunque peor me parecía el café inglés –más inglés que café-. Frente a aquel agua tintada, Nick me preguntó si yo quería dirigir orquestas, y a mi respuesta afirmativa, me respondió con la presentación de Irene Sellomb, como si tuviera algún sentido aquella coincidencia.

CopperKettle en King’s Parade

Después de la aparición estelar de Miss Sellomb en aquel café repleto de gente, estuvimos charlando un rato, los tres, sobre intenciones musicales, música española clásica y popular, y el oficio de la dirección de orquesta y el piano. Cuando nos disponíamos a salir, la mujer sacó una libreta y anotó una dirección para mí. Era la de una de las Facultades del campus, la de Música, donde el Coro de la Universidad debía estar ensayando la Misa en Si menor de Bach. -¿Tiene usted tiempo ahora?- me preguntó Miss Sellom, -claro que sí- contesté, aunque en realidad hubiera preferido irme en otra dirección. -Pues no se preocupe que yo misma lo acerco-.

Nos despedimos de Nick, quien excusó su asistencia y bajamos hasta el Museo Fitzwilliam donde tenía aparcado su destartalado coche, acorde perfectamente con su imagen, e insistió en llevarme hasta la Facultad. Realmente un poco absurdo si consideramos que las distancias en Cambridge son fácilmente abordables caminando, siempre y cuando no llueva.

No entendía nada… no sabía si lo que quería esta mujer era que dirigiera el coro, o que me pusiera a cantar. Lo que era seguro es que ella se marchó tan rápido como pudo, por otro compromiso ineludible. Me dio el nombre del director, Adrian Leaper, y me dijo que lo saludara de su parte. Era un ensayo de coro con pianista, y cuando el director dio la primera anacrusa para atacar el Kyrie, y el coro entonó ese primer acorde de si menor, me estremecí. Cerré los ojos y creí estar en la misma Thomaskirche de Leipzig.

Al cabo de una hora extática, Leaper paró para anunciar 15 minutos de descanso y yo me levanté para saludarlo. No me prestó mucha atención, pero se despidió de mí emplazándome para vernos al día siguiente en la reunión. ¿Qué reunión? Ni idea… lo único que creí entender fue que había un acto en la Facultad de Música al que, naturalmente, acudiría todo el que estuviese relacionado con Sellomb. ¿Quién sabe? Quizás aquí estaba mi primera oportunidad en la dirección. Salí mucho más contento de aquel ensayo, quizás por la reconfortante paz espiritual que suponía escuchar en directo todo el principio de la Misa en Si menor.

Faculty of Music (Cambridge)

Benjamin Britten y Peter Pears, a escena

A la mañana siguiente conseguí confirmar la cita, gracias a Nick claro, quien me llamó por teléfono para preguntarme qué tal me había ido en el ensayo. El acontecimiento consistía en una conferencia de Sir Peter Pears, el tenor de Britten, en la Facultad de Música de Cambridge. Cuando me lo comentó la verdad es que no me impresionó nada, ya que por aquellos años el compositor inglés no me parecía el coloso musical que no tardaría en descubrir. Y tampoco sabía que el nombre de Sir Peter Pears está inevitablemente vinculado al de Britten, y no sólo en el terreno profesional ya que el tenor estrenó todo lo importante del compositor.

El tenor Sir Peter Pears

El problema de aquel hombre ya de avanzada edad era que padecía una hemiplejia severa que le impedía expresarse con claridad y a mí entenderlo. No así las ideas, resultaba impresionante sentir cómo transmitía su pensamiento tan sólo con la mirada. A pesar de su medio gesto debido a la enfermedad, tenía una mágica expresión de gran tenor que todavía cautivaba. Era la personificación de lo que en mi imaginario personal correspondía a un caballero inglés, pero, sobre todo, a un artista del siglo XX, de todo el siglo. No sólo por el título de Sir sino por una notable estatura, un traje ‘príncipe de gales’ y un bastón con una empuñadura tallada muy acorde a esa imagen preconcebida.

Una vez que terminó la conferencia/entrevista nos acercamos al escenario a saludar. El rostro semianulado de Pears pareció recobrar vida cuando Irene Sellomb se acercó a saludarlo, de forma que me pareció incluso que el abrazo que dio al cantante era un gesto familiar diría. Me acerqué y, después de saludar también a Nick Toller, se dirigió a mí y pronunció el consabido y cortés nice to meet you.

En seguida se organizó el plan y otra de las personas que asistió a la conferencia, un conocido arquitecto local y gestor urbanístico en Cambridge, David Urwin, nos invitó a continuar la charla en su casa. David, gran aficionado a la música clásica, era también el anfitrión perfecto para aquella aparentemente improvisada reunión. De esta forma asistimos a una velada que se convirtió en musical en la casa del arquitecto. El ambiente no podía ser más británico pero tenía sus particularidades locales del condado de Cambridgeshire. Todos animaban a Pears a contar anécdotas e historias de la vida, la obra y las producciones operísticas de Britten.

De forma que aquel fue mi primer acercamiento, casi más corporativo que afectivo, a la figura del compositor. Sin duda fue la proximidad que me faltaba para admirar del todo su música. Peter Pears, por su parte, manifestaba que el hombre había vencido al artista. Su avanzada edad y la charla en la universidad acabaron por agotarlo, de forma que también se excusó al poco tiempo de iniciarse la reunión y la propia Miss Sellomb se lo llevó en su coche.

Nunca conseguí entender cómo aquel hombre tan grande, acosado por la enfermedad y de gesto fatigado, consiguió meterse en un utilitario en el que a mí incluso me había resultado difícil acoplarme. Cuando, además, lo propio hubiera sido, en mi imagen preconcebida, prejuicios del relativismo cultural al fin y al cabo, ver aparecer un Rolls Royce con un chófer de librea que le abriera servicialmente la puerta y lo acompañara a su casa.

De Lowestoft a Aldeburgh, una pareja musical singular

La relación Pears-Britten está suficientemente documentada aunque yo en aquel momento no la conociera (Peter Pears & Benjamin Britten discuss «Die Winterreise» – 1968). Debido a la época y los prejuicios, siempre llevaron su relación personal de forma restringida y discreta. No era para menos, dado que en su Inglaterra natal la homosexualidad fue un delito hasta bien avanzado el siglo XX. Así lo atestiguan numerosos casos anónimos, pero también otros casos tan dramáticos y sangrantes como lo fue el del científico Alan Turing, víctima de un presunto suicidio, manzana envenenada con cianuro, debido a la imposición judicial de la castración química.

Britten y Pears habían pasado por Nueva York donde se vivía la homosexualidad de forma más abierta, aunque quienes los conocían sabían que la publicidad de su relación íntima no era para ellos una necesidad. Pasada la guerra se mudaron a un pequeño pueblo en el condado de Sufolk, Aldeburgh, donde Peter Pears fallecería el 3 de abril de 1986, en la primavera siguiente a aquella conferencia de Cambridge, y donde también había fallecido el propio Britten diez años antes.

Tumbas de Benjamin Britten y Peter Pears

Britten fue un gran compositor vocal, aunque los músicos tardan en descubrirlo, con una importante cartera de óperas compuestas y, lo que es más curioso, ópera del siglo XX que sigue programándose. Aparte de las obras citadas, es importante su War Requiem, estrenado en la nueva catedral de Conventry, pero, sobre todo, entre aquella larga lista de óperas, mi favorita sin duda es Peter Grimes, inspirada en la ciudad que acogió a la pareja tras la guerra, un refugio para vivir sin sentirse acosados.

El músico de Lowestoft creó un paisaje marinero para Pears, como si de una marina de Turner se tratase, conteniendo la mejor música del siglo dedicada a su pareja como protagonista del gran cuadro psicológico que es el Grimes. Una reciente producción para la televisión, grabada en la propia costa, Peter Grimes en Aldeburgh, recrea con terrible realismo las escenas de la ópera y el personaje construido por Britten.

De esta ópera, cuentan no sólo la mezcla de estilos y las infinitas melodías. Los estremecedores intermedios y pasajes de orquesta sola son algunas de los mejores fragmentos de música del siglo XX. Son como fragmentos de un Bruckner reelaborado y mezclado con aires de Messiaen, donde la melodía nunca deja de ser protagonista. Cualquier aficionado a la música puede salir del Peter Grimes silbando muchas de sus melodías.

La tempestad, de Joseph Mallord William Turner

Aquella tarde, Pears se marchó pronto de la velada, pero dejó su huella en la reunión. Entre aquel conjunto improvisado de músicos y cantantes apareció un grupo de estudiantes, amigos también de Irene Sellomb, que habían sido invitados por David a compartir unas sencillas viandas y poder charlar con la voz de Britten. Junto a este grupo había un contratenor, tradición inglesa recuperada principalmente por Alfred Deller y su movimiento para redescubrir la música antigua con instrumentos de época. Esta forma de trabajar la música clásica comenzó después de la Segunda Guerra Mundial para rescatar del olvido un vasto repertorio de música vocal barroca.

Una de las chicas sacó un laúd y acompañó a una milagrosa voz con el timbre vocal único que recordaba el sonido que los castrados debieron de haber producido. Aunque disfruté como si hubiera estado escuchando a Haendel tocar al clave su Acis y Galatea en privado, me preguntaba qué pintaba yo allí. La respuesta sin duda era la acumulación de experiencias que me hicieran sentir el arte con una dimensión añadida, y debida a la proximidad al autor. De forma que cumplí la norma social, no aporté nada, tan sólo recibí, y me fui a la cama, o al colchón según se mire, con la sensación de haber perdido una gran oportunidad de algo.

Comparto con todos los seguidores de Cincuentopía cómo Alfred Deller canta «Shall I Come, Sweet Love, to Thee» de Thomas Campion.

CONTINUARÁ…

Forman parte de la serie Pianista (tanto en su versión inicial Pianista Frustrado como en la actual Pianista a Tiempo Parcial) las siguientes entradas:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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