Pianista a Tiempo Parcial inicia su Trilogía de Cambridge con un análisis de la música clásica inglesa.

Cambridge, en Reino Unido, es una pequeña ciudad universitaria con un gran corazón musical. Decir que es pequeña es tan sólo una referencia a sus dimensiones físicas o geográficas, nada que ver con el tamaño intelectual y científico de una de las ciudades con mayor concentración de grandes mentes de todo el mundo, en el espacio y en el tiempo. Newton, Darwin, Watson y Creek o Hawking, por citar sólo algunos científicos. Wittgenstein, Russell y Popper de la escuela de pensamiento político, o el no menos famoso grupo de los cinco, espías en plena Guerra Fría.

Decían que Oxford era la cuna de los políticos y Cambridge de la ciencia, pues ni lo uno ni lo otro, pero en el terreno musical Cambridge estaba, en los ochenta, por delante de Oxford. O así me lo parecía a mí. Pasear por sus calles, tomar una cerveza en el pub Eagle que tantas tardes reflexivas dio a los Premios Nobel, supone una auténtica inspiración.

Eagle, el pub del ADN

En los años setenta, y aún entrados los ochenta, en aquella televisión española del UHF opcional, uno de los acontecimientos deportivos del año, retransmitido en directo, era las regatas Oxford vs Cambridge, que junto con el Grand National o el Torneo de las Cinco Naciones componían el paisaje deportivo de las tardes de sábado. Me sigo preguntando quién sería el fenómeno que en TVE tenía tan buena relación con Eurovisión para conseguir semejantes retransmisiones. ¿Es que no había otra cosa en el mercado? La música no era lo habitual en la televisión de aquellos años. Pero existía, y era un hervidero de emociones.

Aunque pensando en música inglesa la gente se centra más en el pop de los Beatles, un clásico también a día de hoy. Clásico en sentido cronológico, que en el sentido epistemológico la diferenciación es otra. ¿Qué es la música clásica? Responde Leonard Bernstein.

Cambridge Kings

Cambridge tenía en los ochenta una intensa vida musical. Algún apunte ha quedado ya en estas intempestivas digresiones. La música clásica inglesa, además, es distinta de la que se hace en el continente. Las orquestas inglesas tienen una gracia que no consiguen las orquestas alemanas, por ejemplo. Desde las orquestas profesionales a las amateurs, pasando por los magníficos coros tan tradicionales como el de King’s College. La música clásica tiene esos casi imperceptibles matices imposibles de apreciar, entender o de explicar, salvo para los que hacen la música. En este caso son las orquestas las que tienen su personalidad propia, independientemente de la batuta que las dirija.

Un director llega a visitar a la Sinfónica de la Ciudad de Birmingham, por ejemplo, y reparte su material, sus partituras y partes con sus marcas personales de fraseo, arcos, respiraciones, erratas corregidas o intercambios de obligaciones, y por muy personales que pudieran ser esas anotaciones, una orquesta inglesa, como el ejemplo de la de Birmingham, las interpretará con sonido y estilo distinto al de una orquesta rusa, alemana o española.

City of Birmingham Symphony Hall CBSO

En el terreno de la composición, por otro lado, la música clásica inglesa tiene una importante laguna, el salto de Purcell a Britten es considerable como para no tenerlo en cuenta, no sólo en el terreno de la ópera. Sin embargo, las enciclopedias nos reservan gratas sorpresas. Aunque lo mismo podríamos decir de España, de Victoria a Falla. Ambos territorios tienen quizás algo en común, cual es una magnífica e insuperable música renacentista.

El compositor favorito del canadiense Gould era Orlando Gibbons, espiritualmente decía el propio Glenn, un músico de Oxford por cierto, las excepciones que confirman las reglas. Tampoco hay que olvidar a William Byrd, Thomas Morley, John Dowland, John Dunstable o Thomas Tallis. Y en España desde Aguilera de Heredia al inefable Francisco Guerrero, pasando por Antonio de Cabezón, Cristóbal Morales, Juan del Encina y mi favorito en el otro extremo, ya del siglo XX, autor español afincado en Cambridge, Roberto Gerhard que, además, dato curioso: se conserva su fondo documental en la Cambridge University Library. Por cierto, una de sus obras más conocidas es la Fantasía para guitarra.

Sin saberlo y sin haberlo planeado aquel fue para mí un destino casual, y años más tarde me di cuenta de que debía haberlo aprovechado mejor. Mi obsesión era Viena, y Cambridge no suponía un objetivo en sí mismo, sino una salida rápida, huida hacia adelante a la espera de conseguir aparcar mi atormentado espíritu artístico en otras tierras.

Era obsesivo respecto a la idea de estudiar música en Europa central, sin embargo, la posibilidad de estudiar música clásica inglesa no era un mal primer acto y marcó algunas experiencias interesantes. Cierto es que la riqueza cultural de Inglaterra no estaba en mi imaginario, en forma de saber musical quiero decir, salvando la literatura o alguna referencia a los estudios sobre pensamiento político de la universidad, de forma que estaba abierto a recibir grandes sorpresas que colmarían buena parte del quehacer de aquel año 1985.

El músico Orlando Gibbons

De esa forma, y coincidiendo con mi último año universitario quise acelerar mi salto al extranjero y en otoño de 1985, recién terminados mis servicios a la patria, y aun matriculado en el quinto año de carrera, hice la maleta y me fui a casa de mi hermano mayor, el científico, en el sur del condado de Cambridgeshire, cerca de Trumptington, a las afueras de la ciudad. La casa no era muy grande y habilitaron para mí un colchón en la habitación de mi sobrina Beatriz, un bebé por entonces, al lado de su cuna.

Mucho calor familiar, pero un frío que nunca hubiera imaginado en aquel país. Un frío que olía a frío y sabía a frío, se podía masticar. Para los mediterráneos, acostumbrados a un tiempo meteorológico más benigno, Europa esconde entre sus misterios la capacidad para vivir inmersa en el frío, soportando temperaturas incomprensibles. Como todos los años por aquellas fechas, el 20 de septiembre me embarqué en un avión camino de Londres donde me recogería Alfonso para llevarme a su casa. Estaba listo para salir al encuentro de la música clásica inglesa.

Comencé asistiendo en otoño al CCAT y acabé en primavera en la Royal School of Music de Londres, gran salto, desde el entonces ‘provinciano’ Conservatorio de Ópera en Madrid. Y en Cambridge sentí y conocí esa particular característica musical que hace independientes a los británicos también culturalmente, sin necesidad de Brexit. Fue una época intensa, que, oh casualidad, coincidía con la entrada de España en la CE, y esta mención es una referencia para descifrar las dificultades administrativas y económicas que suponían para un español intentar vivir allende los Pirineos.

CCAT, las siglas de Cambridge College of Arts and Technology, es hoy una Universidad de prestigio, la Anglia Ruskin University, pero en los años 80 era un instituto tecnológico en el que se daban clases de música. Allí conocí a Peter Britton, nada que ver con el compositor, aunque yo, víctima del hipérbaton pensaba todo lo contrario, un tipo cuya particularidad residía en que la cantidad de música que conocía era directamente proporcional a la mala leche que tenía. Robert, el director del Departamento de Música, me había permitido asistir a clase a modo de prueba, sin estar matriculado -dificultades administrativas de no ser europeo todavía- y eso debía de fastidiarle notablemente a Britton, que aparte de conocimientos teóricos tenía una gran destreza al piano.

Completaba este trío estelar de grandes músicos cantabrigiensis mi admirado y ya desaparecido Nicholas, Nick, Toller. Recuerdo que en aquella época ávido de información y sin internet a mano tuve que imaginar su tesis sobre Franz Schubert, de la que me habló un día, y conocer un punto de vista distinto del músico vienés. Pero alguien los unía a todos, sin ser músico, el recordado David Urwin que después de fallecer de un cáncer de estómago sorprendió a todo el mundo ya que había preparado su propio funeral musical, clásico por supuesto. David era una figura clave en el Cambridge de los ochenta, miembro destacado de las fuerzas vivas, encargado del urbanismo de la ciudad.

Todo aquello impresionaba, quiero decir que mientras en España el trabajo musical, y musicológico en particular, estaba reservado para muy pocos chalados empeñados en hacer estudios sin un respaldo ni económico, ni documental, ni social y tampoco académico, cuando salías al extranjero la excepción se convertía en regla. Cualquier estudiante de música, instrumentista, pedagogo o musicólogo, hacía sus investigaciones y tenía oportunidad de leer las de otros. En los años ochenta era más complicado acceder a la información que ahora, y la música tenía sus especificidades que convertían el trabajo académico en una odisea. Además, a casi nadie parecía interesarle.

En Cambridge, aparte bibliotecas generosas de títulos y partituras, tenías algunas de las mejores tiendas de libros, Heffers o Waterstones, y música, Millers o Ken Stevens, aunque mi favorita sin duda era una cuyo nombre no recuerdo, situada entre King’s Parade y Trinyty, que estaba en un rincón de una tranquila plaza. En una ocasión compré, realmente muy barato, un violín de procedencia china, tres cuartos, que más tarde arreglé para una sobrina, pero que en aquel momento a mí me parecía estar comprando un Stradivarius.

Sin apartarme de mi reflexión sobre la música clásica inglesa, la universidad rezumaba también música por los cuatro costados y realmente yo aspiraba a imbuirme del espíritu de toda aquella ciencia y arte que parecía inundar las calles de la ciudad británica. De este modo una fría mañana, como todas las frías y lluviosas mañanas de un otoño inglés en el condado de Cambridgeshire, decidí abandonar el CCAT y concentrarme en mi carrera de dirección de orquesta. Decidí entonces dejar aquella escuela técnica CCAT y poner mi foco en Londres.

Como quiera que al dejar la escuela ya no tenía un piano a mano, una compañera científica de Alfonso, Deborah, me ofreció su casa por las mañanas, cuando ella y su marido no estaban, para practicar en un piano inglés de pared en una habitación habilitada al efecto. Así que, hasta una mejor oportunidad, mi rutina consistía en subirme a la bicicleta por la mañana e ir al centro de Cambridge para dedicarle unas horas a mi nuevo laboratorio musical. Y la mejor oportunidad llegó en forma de acceso a la Royal School of Music, en pleno Albert Hall de Londres. Pero para ello había que esperar a la primavera del 86.

CONTINUARÁ

La serie Pianista (tanto en su versión inicial Pianista Frustrado como en la actual Pianista a Tiempo Parcial) está compuesta por las siguientes entradas:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.