Una buena escuela de Richard Yates es puro acíbar: contiene un catálogo de sentimientos en los que predomina la amargura ante los sueños de juventud que jamás llegarán a cumplirse, el sinsabor que produce el desgaste de las relaciones personales y el disgusto ante las presiones a las que se ve sometido el ser humano.

No hay muchos cambios en relación con otros libros de Richard Yates (1926-1992): personajes desorientados, existencias grises que tratan de sobrevivir en un entorno tan anodino como ellos, desilusión sobre desilusión, engaños, secretos que nunca son tales, caminos que se cruzan y vuelven a separar…

Así ocurría con la práctica totalidad de su producción literaria, incluyendo las dos novelas más conocidas en el mercado español: Vía revolucionaria (una feroz historia de autodestrucción a partir de la que en 2008 el director Sam Mendes filmó la galardonada película Revolutionary Road) y Las hermanas Grimes, una de las novelas que tiene un inicio más triste y desgarrador de la literatura estadounidense (y me atrevería a decir que universal, quizá con la inevitable salvedad de algunos escritores de origen eslavo): «Ninguna de las hermanas Grimes estaba destinada a ser feliz, y al echar una mirada retrospectiva siempre da la impresión de que los problemas comenzaron con el divorcio de sus padres».

Y en Una buena escuela volvemos a encontrarnos ante una situación similar en cuanto a punto de desesperanza vital se refiere (en una alusión a Richard Yates con motivo de la reseña de Años luz de James Salter  lo califiqué como escritor de «pavorosa y exacerbada tragedia vital a cuestas»).

A partir de las vivencias a comienzos de los años cuarenta de un grupo de alumnos y profesores que forman parte de la Academia Dorset (ubicada en Connecticut), Richard Yates cincela una novela de excelente factura en la que los personajes se ven sometidos a una doble asfixia: la interna, sustentada en un ambiente profundamente claustrofóbico que es consecuencia del aburrido discurrir de la pequeña comunidad que se concentra en torno a este centro de enseñanza de segunda fila; y externa, como resultado de esa particular guillotina de las vidas de los más jóvenes que supone la Segunda Guerra Final, pavoroso telón de fondo del libro.

Cuando escribió la novela Yates ya había sobrepasado los cincuenta años. Y sabía muy bien de lo que hablaba: quince años atrás había contemplado en primera persona el horror de la guerra puesto que había combatido en el frente europeo (de hecho contrajo la tuberculosis en pleno conflicto).

El resultado final de Una buena escuela es magistral. Porque, como ocurre en otras novelas del autor, lo que nos cuenta Yates trasciende ampliamente la mera anécdota planteada. Con su particular estilo sucinto y preciso el escritor va pastoreando a su grey de lectores a través de las sendas de la banalidad, la impostura, la mediocridad y la pasión no siempre correspondida.

La historia de Richard Yates resulta curiosa: de ser un autor sumamente conocido durante los años sesenta y setenta (la anteriormente citada Vía Revolucionaria, su primera novela, obtuvo el reconocimiento de la crítica y fue muy bien recibida por el público y él llegó a ser un prestigioso guionista en la industria cinematográfica de Hollywood) poco a poco fue cayendo en el anonimato. Hasta el punto de que en el momento de su fallecimiento era casi imposible encontrar sus libros (la inmensa mayoría estaban descatalogados).

Tras un olvido de aproximadamente dos décadas de nuevo fue reconocido como un excepcional novelista y maestro de escritores. Sus obras volvieron a editarse en Estados Unidos y a traducirse en distintas lenguas para el mercado internacional (en el caso concreto del castellano tal circunstancia se ha producido a partir de 2008).

Ignoro el verdadero porqué de esta secuencia de hechos. Quizá lo más importante es que los lectores castellano-parlantes tenemos ya a nuestra disposición la parte más significativa de la obra de Richard Yates. Por consiguiente es un buen momento para conocer este libro, los ya citados Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes u otros tan interesantes como Cold Spring Harbour, Once maneras de sentirse solo, Una providencia especial o Jóvenes corazones desolados, también ya traducidos al español y gestionados por la editorial RBA.

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Richard Yates. Una buena escuela. RBA. Barcelona, 2012.

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