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Una mirada (primera parte)

Una mirada (primera parte)

old-man-looking-out-window-415x277[1]Una mirada (primera parte) por Mar Andrade

Hoy ha amanecido un día triste y oscuro; yo diría que va a llover; al menos, eso parece indicar este cielo plomizo. Tengo la costumbre de mirar a través de la ventana de mi habitación según me levanto, para saber cómo se ha despertado el día y hoy, es uno más de los fríos y húmedos que estamos teniendo en este largo invierno.

¡Qué verde está el campo! ¡Claro!, ¡cómo no lo iba a estar si desde hace meses no para de llover! Este maldito tiempo perjudica seriamente mis huesos. Sólo con levantarme y dar los tres escasos pasos que separan mi cama de la ventana, los he oído chasquear varias veces. No sé porqué se empeñan en recordarme que están vivos. ¡Ya los siento yo, ya! Este dolor agudo y punzante que no me abandona desde que comenzó el otoño, o, quizá, desde que comenzó mi vejez allá por los años…. ¡yo qué sé, ¡hace tanto tiempo que he perdido la cuenta!

Intento abrirla; necesito aire puro; reconforta respirar este aire fío, sentirlo acariciando el rostro; y oigo unos crujidos largos y profundos que comienzan en el hombro y llegan hasta la mano. No sé, quizá lo único que hacen mis huesos es desperezarse, como yo al abrirla para sentir la brisa en mi cara, pero tengo la sensación de que tienen vida propia; los siento ajenos a mi voluntad.

¡Qué bonito está el campo! Ya estamos a primeros de abril. La vida tiene prisa por asomarse a este mundo; los árboles están rebosantes de hojas, y las plantas y las hierbas tratan de crecer en los caminos; será que ya no tienen espacio por donde expansionarse. ¡Con lo grande que es el campo y ya ni caben!

¡Como me vea la matriusca ésa aquí, con la ventana abierta de par en par! … Siempre me dice que es una temeridad, que puedo coger una pulmonía. ¡Ella!, ¡ella es la que me pone enfermo!, tratándome como a un crío. No, yo lo que soy es viejo, no un crío estúpido al que hay que recordarle los peligros de la vida. ¡A mí qué me importa ya coger una pulmonía!, ¡como si cojo tres! He hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida. He disfrutado y he sufrido, porque la vida así lo ha querido; como todo el mundo, aunque tengo que reconocer que ha sido benévola conmigo, salvo con lo de Silvia. ¿Por qué tuvo que llevársela tan pronto?

¡Qué curioso!, la gente me decía que cómo podía haberme casado con ella, con lo fea que era. ¡Claro que no era guapa!, pero tampoco tan fea como decían; hay muchas otras mujeres más feas que ella. ¡Ay!, ¡si la hubieran mirado por dentro!, ¡si no se hubieran quedado tan sólo en las afueras! Pero nadie la miró como la miré yo. ¡La pobre!, ¡qué complejo tenía! Por más que la insistí, que para mí era la más bella… Creo que en el fondo me estaba agradecida; y más que agradecido, yo fui el más afortunado de los dos. La pena es que, ahora, me sabe a tan poco. Todo en esta vida pasa como un suspiro, menos lo malo, que duele demasiado.

¡Mi querida Silvia! ¡Hicimos tantos planes para la vejez!: tener nuestra casa, unos ahorrillos por lo que pudiera venir; y no pudieron verlo sus ojos. ¡Ni siquiera aún me había jubilado! Aquel aciago día, después de muchos otros desde que apareció su repentina enfermedad; sus manos, entrelazadas con las mías; su mirada…Me miró, me sonrió y cerró los ojos. Nunca se quejó. Para colmo, se disculpaba por estar enferma; no quería dar la lata, decía. ¡Pobre! Y se fue así, sonriendo igual que llegó a mi vida. Pero no, no quiero acordarme de cosas tristes. ¡Ya he llorado bastante!, ¡que tengo los ojos secos y el corazón exprimido!

¡En fin!

Ya oigo los pasos de la matriusca. Yo la llamo así porque me recuerda a una carcelera rusa, gorda y muy bruta que vi en una película en blanco y negro, de cuando eran joven y el nombre que me vino a la cabeza según apareció en la gran pantalla fue ése, “matriusca”. Era lo único que me sonaba a ruso. Claro que yo no sabía por aquel entonces que las muñequitas rusas, ésas que se van escondiendo una dentro de otra, no se llamaban así. Tuvo que venir uno más ilustrado que yo, lo cual no era difícil, porque ¡cómo nos criamos!, ¡qué incultura!, a enmendar mi error. “M-a-t-r-i-o-s-h-k-a”, me deletreó. ¡Pues bueno!, me dije, no lo dudo. Debía de tener las mejillas sonrosadas, o así me la imaginé yo; pero aún así, se me hizo odiosa. ¡Aquel rostro!; no he podido olvidarlo. ¿Cómo iba a hacerlo si durante días me acosó en mis pesadillas?

Ahora me dirá lo de todos los días: “D. Joaquín, ¿está usted loco?, ¿es que quiere suicidarse?”, y luego lo de la pulmonía. Yo la miraré indiferente; quizá hasta con asco. No, no es que la tenga asco, ¡si hasta voy a acabar pensando que se preocupa por mi!, pero no quiero que se crezca si aprecia el miedo en mi cara. ¡Es que me recuerda tanto a aquella carcelera! Y la responderé lo mismo de siempre: “¡Déjame en paz vieja gorda”. Creo que se llama Sofía, pero ¿a quién le importa?… Ya abre la puerta.

– D. Joaquín, pero, ¿está usted loco?…- y bla, bla, bla. Lo dicho; lo de todos los días.
… Dios no debe tener ninguna gana de verle todavía –continúa-, porque con el frío que hace en esta habitación no sé cómo no lo ha llamado aún a su presencia” –se permite decirme abalanzándose como una posesa sobre la ventana.

¡Vaya!, ahora me nombra a Dios; pero yo no la contesto, como si no la hubiera escuchado.

¡Qué manía con mentar a Dios! Yo no creo en Dios. Si al menos creyera encontraría consuelo y viviría con la esperanza de reencontrarme con Silvia. Yo tan sólo creo en la vida, en la naturaleza y ésta me demuestra día a día que todo lo que nace, muere, y vuelta a empezar. Nunca he visto el alma de un muerto al encuentro de los que le precedieron. ¡Ojalá creyera!, pero no, no soy creyente. Y los que lo afirman, tampoco se lo acaban de creer; si no ¿por qué sufren tanto cuando muere un ser querido? Si piensan que volverán a encontrarse ¿a qué tanto duelo? Ya, ya sé, el dolor que provoca la ausencia, alegan. ¡Y una mierda!, que sean valientes y no mientan.

– D. Joaquín, vamos, que le voy a lavar.- dice la bruta ésa.

¡Qué manía con el DON! Le dije mil veces que no me tratara de DON, pero nada. Ya no me esfuerzo. ¡Ahora!, por lo de que me lave, ¡no paso!

– ¿Qué pasa?, ¿te gusta hacerme hablar? –le digo. No soporto que me toque-. Ya soy mayorcito y me lavo yo solito. ¿Qué?, ¿quieres que te lo cante vieja gorda?

No la llamo vieja porque sí; es vieja; cierto que no tanto como yo. Y es gorda; así que no miento, aunque ofendo, que eso es lo que pretendo; a ver si se harta y me deja en paz.

– ¡Vaya!, hoy estamos de buen humor.- dice burlona.

¡Y dale!; siempre hablando en plural. Lo estarás tú, so foca; he estado a punto de decirla, pero no vale la pena malgastar palabras con ella.

…. Se ha levando el refunfuñón de siempre. ¿Sabe D. Joaquín ….

Ya está otra vez con el Don. ¡Mira que me revienta!

…. me tenía usted muy preocupada estos días, tan calladito, ahí tumbado, sin decir nada.

Sí, sí, tú habla, pero a mí no me lavas.

…. ¡Vaaaaamos! –dice tirándome del brazo. ¡Será bestia!, ¡todavía me doy un porrazo!

– ¡Que no me toques!, bruja.-he dicho chillando. ¡Es que no la aguanto!

– Y todos los días la misma canción. Bueno, ahora llamo a Paz.- comenta resignada.

Una Mirada (segunda parte) se publica el 28 de enero de 2015

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