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Y las nubes dibujaron su nombre

A mi querida Aniella Busila,

por sus ánimos; por su apoyo incondicional; por su ayuda.

Con mi respeto, mi admiración y mi cariño.

Mar

Y las nubes dibujaron su nombre, un relato literario


No fueron buenos noticias, no; más bien, sintió un mazazo cuando le dijeron que tenía que ir a La India.

“¡La India!” –exclamó sorprendido-. “Pero, ¿qué se me ha perdido a mí allí?”- comentó después.

Sin embargo, pese a sus reticencias no podía negarse. Un alto ejecutivo no podía decir “no” al presidente de la Compañía. Le necesitaban en el nuevo proyecto. Era él quien lo había diseñado e iba a ser él quien lo dirigiera in situ.

–          Dos años…. – repetía apesadumbrado a su mujer-. … dos.
–          Mira la parte positiva Adolfo –comentó ella-, sólo son dos años. Podrían haber sido más; toda la construcción del ferrocarril, por ejemplo.
–          Dos, son muchos a mi edad, Lola; …tan lejos de casa; ….y solo –replicó él.

Y llegó el momento de decir adiós a su querida España y buenos días a una absoluta desconocida La India.

No fue fácil despedirse de su mujer y de sus dos hijos en el aeropuerto. Se abrazó primero a ellos, dándoles todo tipo de consejos; luego, totalmente derrumbado, a su mujer. Aspiró repetidamente su perfume como si temiera olvidarlo. No quería separarse de ella, no quería dejar de sentir el roce de su cuerpo; “dos años”, repetía, “¡es tanto tiempo!”

Santiago Fernández, director de la Compañía en Nueva Delhi y amigo suyo desde la infancia le recibió en el aeropuerto con una sonrisa y un fuerte abrazo acompañado de varios espaldarazos. “De los dos –pensó–, seguro que es él quien más se alegra de verme por estas tierras”. Dos pasos más atrás, contemplando el recibimiento, le esperaban los que iban a ser sus más allegados colaboradores: Ishaan Khanna, un hombre que se convertiría en su sombra para atender cuanto necesitara; de tez oscura y ojos azules que a duras penas alcanzaba el metro sesenta y Kairavi Anand, su asesora; Ingeniera en Geodesia y Cartografía; una bellísima mujer de piel canela, con una densa melena negra y reflejos caoba cayendo sobre los hombros, de enormes y brillantes ojos verdes y mirada profunda y penetrante. Su elegancia y su porte unidos a su estatura, cercana al metro ochenta, realzaban aún más su figura.

Por un momento, no pudo dejar de mirarla y admirar su deslumbrante belleza.

–          Has puesto la misma cara de bobo que puse yo –exclamó divertido-. Pocas bellezas como ella hemos visto, ¿no crees? –añadió- Pues te lo advierto –prosiguió-, que no te engañe su aspecto, es dura de roer”.

Le llevaron directamente al apartotel más lujoso y céntrico de Nueva Delhi, donde la Compañía había alquilado una habitación para él.

Y comenzaron las obras del flamante tren de alta velocidad que uniría Delhi, Bombay y Calcuta; una obra faraónica que llevaría algunos años y a buen seguro que muchos contratiempos, aunque, afortunadamente, él estaba allí sólo para ponerlo en marcha.

Las jornadas de trabajo eran agotadoras; comenzaban cuando los primeros rayos de sol asomaban tímidamente por la ventana y terminaban bien entrado el anochecer. Habitualmente, se juntaba con su equipo para cenar, además de Kairavi y su inseparable Ishaan, aunque más que una disfrutar de una cena distendida solían convertirse en reuniones de trabajo. Pocas veces hablaron de algún tema de índole personal. Los aborígenes, siendo muy amables y acogedores como eran, apenas hablaban de su intimidad.

Los días se sucedían, uno tras otro, monótonos en el trabajo, insólitos en todo lo demás.

“!shaan” pensaba un día en la habitación del hotel en Bombay a donde se habían desplazado. Pese a todas las facilidades que desde el principio le procuraba Ishaan, seguía sintiéndose absolutamente fuera de lugar. Estaba en un país radicalmente distinto al suyo, con costumbres diferentes, comidas excesivamente especiadas y picantes a las que no estaba acostumbrado y solían causarle ardor de estómago; sus aromas, sus perfumes indescriptibles, penetrantes y a veces asfixiantes. Admiraba los vestidos coloristas que llevaban las mujeres y los turbantes imposibles de los hombres. Todo le parecía tan ¡excesivamente exótico! Y distinto ¡Tan distinto! Si tuviera que elegir una sola palabra para definir La India, sin duda, elegiría “contraste”. El único lugar en el que se sentía casi como en casa era en la habitación del hotel en el que, a temporadas, tocara pernoctar y allá donde estuvieran su habitación se convertía siempre en su refugio. Allí se relajaba escuchando la música de siempre y podía degustar comidas parecidas a las que estaba acostumbrado, pero seguía echando de menos a su familia.

Repasó mentalmente la personalidad de cada uno de los componentes de su equipo y volvió de nuevo a Ishaan.  “Ishaan” –comentó en voz alta-. “Tengo que reconocer que sobrevivo gracias a su ayuda”.  -pensó-. Pero a veces, el incansable Ishaan podía llegar a ser exasperante hasta la extenuación. Demasiado charlatán, demasiado dinámico, demasiado alegre -pensaba-, pero se movía como pez en el agua por los vericuetos de las ciudades por donde pasaban. Todo en él era en demasía, concluyó.

Y aprendió a admirar a Kairavi.

Kairavi, “luz de luna”, repitió para sí, recordando las tediosas explicaciones etimológicas a las que Ishaan le sometía.

–          ¿Y el tuyo? -preguntó acto seguido.
–          ¿Ishaan? -inquirió él retóricamente.
–          Si lo prefieres -le espetó burlón- el de aquel señor que pasa por allá.
–          El sol. -respondió en esa ocasión sin más.

“Sí, es mi sol, pensó, pero también mi sombra”.

–          ¡Vaya! –exclamó sin embargo-  aquí todo tiene su significado.

Santiago no le había engañado, no. La hermosa pero pétrea Kairavi; la inquietante “luz de luna”.

Era respetada en su trabajo, pero no por tratar a sus congéneres bajo los mismos cánones que regían en España. “¡Qué distintos caracteres!”, dijo para sí. En La India, llegar a la posición de Kairavi resultaba casi impensable para una mujer, incluso para las que pertenecían a la casta superior como era su caso, y, por ello, ya la respetaban, pero era dura como un diamante y, a la vez, tenía una extraordinaria mano izquierda que la hacía ante sus ojos mucho más respetable. Conocía muy bien a los suyos, sus necesidades; sus, por qué no decirlo, abusos, sus triquiñuelas y sabía dominarlos con una simple pero firme e inquebrantable mirada. Su sola presencia imponía autoridad.

Su mirada, aquella profunda e inquietante mirada, le fascinaba, le cautivaba, le hacía olvidarse de todo y perderse en la inmensidad de aquellos irresistibles e inmensos ojos verdes.

Un día, en una reunión, se sorprendió a sí mismo mirándola sin escuchar lo que alguno decía; se sumergió en sus ojos y se dejó llevar hacia no sabía dónde. Aquel día tuvo que esforzarse por prestar atención a sus palabras, sin lograrlo. Intentó centrarse en los temas que debatían, trató de controlarse, pero todo fue en vano; Kairavi le tenía totalmente subyugado. Aquel día supo que cada vez que la mirara, se estremecería su corazón.

Y las estaciones fueron sucediéndose con sus respectivos olores y colores, al igual que su admiración por Kairavi fue aumentando.

Y llegó el momento tan anhelado. A media tarde, a pie de obra, recibió una llamada desde España, la que había estado esperando durante esos dos largos años. “Misión cumplida. Es hora de volver”, dijeron.

Su corazón dio un vuelco. Y sonrió. Claro que sonrió.

No podía reprimir la alegría que sentía por el retorno a casa, pero tampoco la pena que, de pronto, le había embargado.

“Pero, ¡qué coño me pasa!”. Soltó en voz alta para sorpresa de los presentes.

“Este país me ha contagiado”, pensó. “Hasta yo mismo soy ahora una pura contradicción”.

Y llegó también el tiempo de las despedidas.

Fue diciendo adiós, uno a uno, a todos los operarios con los que había tenido un trato cercano, agradeciéndolos emocionado el buen trabajo realizado.

Ofreció una comida de despedida a todo su equipo que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, como si nadie tuviera prisa por llegar a casa. Contuvo la emoción para dirigirles unas palabras llenas de gratitud y aprecio. Y concluyó con un “hasta pronto”,  sabiendo que no volvería a verlos.

Reservó su último día en Nueva Delhi para Kairavi e Ishaan. Afortunadamente, Santiago no asistiría; estaba en viaje de negocios. Prefería estar a solas con ellos, dedicarles un adiós especial y Santiago, con su particular charlatanería, hubiera acaparado toda la atención de la velada.

El primero en llegar fue Ishaan. Como siempre, alegre, dicharachero, pero enmudeció en el momento en que Kairavi apareció. Una cosa era cenar con el equipo, otra compartir mesa a solas con ellos.

Elegantemente vestida para la ocasión, aquella noche Kairavi lució su sonrisa más radiante y una mirada aún más perturbadora.

No pudo dejar de mirarla de arriba abajo extasiado, asombrado, pero sorprendido aún más por sus propios sentimientos. Sentía una atracción irresistible hacia ella que difícilmente se esforzaba en ocultar.

“Mi hermosa luz de luna” –dijo para sí- «¿cómo podré resistirme esta noche a tus encantos?”

La velada transcurrió serena y apacible, como todo en La India. Justo al término de los postres, Ishaan anunció que debía irse y se fue sin ninguna explicación. “Nunca dejará de sorprenderme”, pensó.

Se hizo el silencio entre los dos. Kairavi le miraba fijamente, sonriéndole. Al poco, le propuso salir a la pista a bailar. Sólo entonces se dio cuenta de que la Orquesta del hotel había estado amenizando toda la velada con diferentes piezas. Estuvo a punto de declinar su oferta, más por miedo a que notara su nerviosismo que por falta de deseo, pero finalmente aceptó de buen grado.

Agarró su mano con firmeza, encaminándose a la pista. Parecía seguro de sí mismo, hasta que la tomó entre sus brazos y comenzaron a dar los primeros pasos. Kairavi notó el temblor ligero de su cuerpo; un temblor que Adolfo ni se esforzó ya en disimular. Al momento, se estrechó a él, le miró tiernamente y le besó. Permanecieron así, entrelazados, besándose apasionadamente al son de la música. De pronto, Adolfo, se separó.

–          No puedo.- dijo azarado.
–          ¿Cuál es el problema? -preguntó sorprendida.
–          Estoy casado, ya lo sabes…. y amo a mi mujer… Lo siento muchísimo…. No tenía que haberme dejado llevar -añadió apurado.
–          Tranquilo, no pretendo casarme contigo. -comentó ella, tratando de calmarle.
–          Lo siento, perdóname. Me encantaría…., te lo juro ….. Nunca sabrás lo que me cuesta hacer esto…, de verdad, no te miento -continuó- Pero si sigo adelante, jamás podré volver a mirar de frente a mi mujer sin sentirme culpable.
–          Nunca lo sabrá, puedes estar tranquilo. – dijo con firmeza para serenarle.
–          Lo sabría yo –añadió apenado- Para mí, eso ya es suficiente. Lo siento. -repetía sin cesar.

Desde el avión vio Nueva Delhi alejándose lentamente, sin dejar de pensar en aquella mujer, de quien no sabía si se había enamorado o se sentía irremediablemente atraído por ella. Lo único cierto fue que le invadió una enorme tristeza y se sintió incapaz de contener las lágrimas.

– – – –
Nunca más volvió a verla. Ni regresó a La India. Nunca volvió a escuchar su voz. Jamás se encontraron en ninguna ciudad, en ningún proyecto, en ninguna parte.

En los aeropuertos, buscaba su mirada entre la multitud, deseando encontrar a su querida “luz de luna”; aquella mirada inquietante; la mirada que hizo que la ilusión renaciera en él, la que le cautivara sin remisión. Pero nunca más volvió a encontrarla.

La última vez que miró al cielo, tan sólo vio que las nubes habían dibujado su nombre.

“Kairavi”, susurró varias veces. Y lloró. Y sonrió.
(Abril, 2014)

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