Debemos reconocer que tenemos un tanto descuidada nuestra sección dedicada a los creadores cincuentópicos. Vamos a tratar de enmendar nuestro olvido aproximándonos a la figura de Charles Perrault.

¿Hasta qué punto fue el escritor francés Charles Perrault un creador cincuentópico? Porque lo cierto es que alguna cosa antes de los cincuenta años sí que publicó pero, sin embargo, la parte principal (más conocida y reconocida) de su obra se concibió a partir de esos años.

Charles Perrault (1628-1703) nació en el seno de una familia acomodada y recibió una educación particularmente esmerada. Sus cualidades como abogado y sus influencias familiares (incluyendo la protección de una personalidad de la época como Colbert) le permitieron un gradual pero imparable ascenso social que culmina en 1663 cuando se convierte en secretario de la Academia Francesa.

Los siguientes quince años los dedica a consolidar su privilegiada posición en la convulsa sociedad francesa de la época. Hasta ese momento Charles Perrault apenas ha escrito nada digno de ser tenido en consideración.

A partir de 1680 se inicia su declive económico, por diferentes circunstancias familiares y sociales. Y es entonces justamente el momento en que Charles Perrault se convierte en un auténtico creador cincuentópico digno de aparecer en esta selecta sección.

De su pluma comienzan a salir algunas de las grandes maravillas que lo han situado entre los grandes literatos de todos los tiempos, sobre todos sus fabulosos cuentos. Sus nombres son de tal calado que escapan a cualquier otra consideración: Barba Azul, Caperucita roja, El gato con botas, La bella durmiente del bosque, La cenicienta, Pulgarcito…

De esta manera el nombre de Charles Perrault pasó a la posterioridad como el de un literato que escribió sus mejores obras ya en plena cincuentopía.

Hasta el momento la serie dedicada a los creadores cincuentópicos está compuesta por las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».