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Quiero centrarme en esta ocasión en el gesto y la técnica en la dirección de orquesta dado que la profesión de director de orquesta es una labor siempre controvertida y enigmática para los aficionados a la música.

El público sigue preguntándose: si los músicos saben leer sus partituras e interpretar la música, cuál es la razón para la existencia de un director. Con un poco de observación, el aficionado acaba dándose cuenta de que es necesario, imprescindible, es la mano que aúna las voluntades de todos los instrumentistas y consigue dar personalidad al sonido en conjunto de todos los músicos y cantantes (músicos y cantantes, milagro del lenguaje inclusivo que me insinúa que debería escribir músicas y cantantas/os).

Cuando el aficionado concentra su atención en la labor del director, convenido ya que su labor es necesaria, empieza a preguntarse por el tipo de gesto y por la manera en la dirección de orquesta de cada maestro. La primera duda que le asalta es si existe una única técnica de dirección, ya que si lo que hace realmente es tocar un instrumento, una orquesta, habrá una manera más eficiente que otra de hacerlo. Pronto se dará cuenta de que existen muchas posibilidades y que la utilización de una u otra hace variar el resultado claramente.

Lo cierto es que la interpretación con una orquesta depende de tantos factores, no sólo técnicos, que es imposible dar una respuesta unívoca a esa cuestión. No es menos cierto que las orquestas no se dirigen en el concierto, sino en los ensayos. Es ahí donde se preparan las obras en profundidad, y el día del concierto ya tienen que estar todos los problemas y matices, técnicos, artísticos y musicales, resueltos.

Sin embargo la dirección de orquesta, con ello hay que englobar todas la posibilidades incluidos coros, pequeños ensembles, óperas y demás grupos humanos artísticos, es un arte que no depende de una técnica específica sino que debe contar con la personalidad del maestro. En la actualidad, gracias a Internet y a las plataformas de streaming, existe una ingente cantidad de material documental audiovisual que hace disfrutar al aficionado del placer de desgranar todas estas cuestiones, poniendo a nuestra disposición fragmentos de ensayos de todos los directores conocidos que nos muestran cómo es el proceso. O documentales en los que se muestra el backstage, el ‘detrás del escenario’, de conciertos y grandes producciones de ópera.

Muy recomendable es “The Art of Conducting”, la historia de la dirección de orquesta, desde sus inicios hasta los grandes maestros de finales del siglo XX, con material de los ensayos de algunos de los más grandes de entonces (Mutti, Solti, Klaiber o Karajan, entre muchos otros). También se puede disfrutar en Internet de aquellos programas en los que se repasa alguna figura de las últimas promesas de la dirección, hombres y mujeres, de este ya avanzado siglo XXI (Dudamel, Mirga Gražinyt?-Tyla o Nelsons). Material para disfrutar horas y horas, más que con una serie de televisión de ocho temporadas.

En esas circunstancias es normal una pregunta que a los observadores más atentos no se les escapa. Cómo es posible que con un gesto, un golpe en el aire, los músicos sean capaces de saber cómo quiere el maestro que toquen. Tiene que hacer el gesto, necesariamente, antes de que los músicos soplen o froten sus cuerdas o golpeen sus parches o sus láminas… ¿o coincide el momento del gesto con el sonido? Como hemos visto que hay técnicas distintas, también hay maneras de tocar la orquesta diversas. Lo explica muy bien James Bennett  en “Why Do Orchestras Seem to Play Behind the Beat?” en el que desgrana con fino bisturí las diversas técnicas de la dirección.

Como último ejemplo, creo que la mejor pista sobre qué es lo que pasa cuando un director sube al pódium, o podio, y se enfrenta a la interpretación de una obra es el decálogo que escribiera el compositor Richard Strauss y que resume perfectamente buena parte de todo lo dicho:

  1. Recuerde que no hace música para divertirse sino para dar placer a la audiencia.
  2. No transpire mientras dirige. Sólo el público debe notar el calor.
  3. Dirigir “Elektra” o “Salomé” [obras del propio Strauss] como si fuera Mendelshonn, música de cuento de hadas.
  4. Nunca mire con gesto tenso a los metales, excepto cuando deba echar un rápido vistazo para indicar alguna entrada importante.
  5. Pero nunca pierda de vista a las trompas y a las maderas; si puede oírlos es que están tocando demasiado fuerte.
  6. Si piensa que los metales no soplan lo suficientemente fuerte, indíqueles que bajen su tono uno o dos grados.
  7. No basta con que usted mismo entienda cada palabra que canta el solista, usted la conoce, la sabe de memoria. El público debe poder seguirlo con facilidad. Si la gente no entiende la letra, se dormirá.
  8. Acompañe siempre al cantante de manera que pueda cantar sin esfuerzo.
  9. Cuando crea que ha llegado al límite del prestissimo, vaya el doble de rápido. [Aunque luego se desdijo y escribió: “Hoy me gustaría enmendar esto: llevar el tempo la mitad de rápido”].
  10. Si sigue cuidadosamente estas reglas, con sus dotes y grandes logros, será siempre el favorito de sus oyentes.

La serie de contenidos sobre música clásica de Santiago Martínez Arias se compone de las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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